domingo, 23 de marzo de 2025
DISCLAIMER
jueves, 18 de enero de 2024
Por qué soy une militante del verano?
La gente dice que estamos loques, que seguro tenemos pileta y aire acondicionado. Yo no tengo ninguna de las dos cosas...
Pero sí tuve el privilegio de tener una infancia feliz y haber pasado unos Diciembres, Eneros y Febreros hermosos. Por eso milito el verano, para mis adentros. Para ver si así logro devolver un poco ese espíritu optimista a mi versión adulta que a veces se vuelve tan gris, fría, y desolada.
Recuerdo que esperaba los días de calor con emoción. Me gustaba mucho jugar con agua, todavía me acuerdo con detalle de mi ropa veraniega de los 90's, incluso la de mis 3 años. Cada vez que llegaba la temporada, me ponía tan ansiose por armar el arbolito de navidad, como por abrir mi caja de ropa de estación y volver a encontrarme con mi short de gatitos, mis mallas coloridas, mis remeras estampadas y mis gorritas.
La carpa playera, la pelopincho, las lonas. La chocolatada fría y la gaseosa en lata. El olor a pasto, a protector solar, a off y espiral; el perfume del pelo recién lavado -que no es igual al pelo lavado de cualquier momento del año-, porque esos días se convierte en un blend aromático de acondicionador con olor a sol, a pile y a mar.
Me entusiasmaba el verano porque sentía que era la puerta a un montón de cosas nuevas, era sinónimo de diversión y de aventuras. Sabía que en esa época cosas muy buenas pasaban: conocía amigues nuevos, me llevaban a lugares lindos al aire libre (el club del Banco, el río, la isla, los arroyos cordobeses, la playa...)
Había mucha expectativa puesta en el verano y casi nunca me fallaba, de hecho, cada vez se ponían mejor. En uno de esos conocí a mi amiga Clarita, de Villa Gessel, con quien compartimos varias vacaciones de juegos en la playa y a quien mi familia "adoptaba" como una hija más. Osea, cómo no va a ser genial el verano?! Si hasta me regalaba la chance de tener una hermana de mi edad por unos días!
Recuerdo que un año nos fuimos a Gessel y, a la vuelta, al toque nos fuimos a pasar unos días en la isla. Estaban mis hermanos, mi prima, su hermana y otres niñes. Había muches adultes también y vi -creo- por primera vez, a mis viejes disfrutar de un verano como si elles fueran niñes también. Se sentaban a pescar y charlar a la luz de la luna por horas, hacían fogones, cantaban; mi tío pelado nos llevó a recorrer una micro jungla (para mí era eso) dentro de la isla. Había bichitos de luz que de noche encendían el aire y el pasto. También, inventé una obra de teatro con les chiques y llamamos a todes les grandes para que la vieran. Fui tan pero tan feliz, que apenas llegué a casa, me puse a pensar en las próximas vacaciones. Le escribí una carta a Clarita -que nunca le mandé- contándole sobre la isla y diciéndole que convenciéramos a nuestres papás de que la dejaran venir el próximo año. Me acuerdo que en mi agenda de Garfield me la pasaba planificando, anotando ideas de juegos y cosas que quería hacer cuando nuevamente, llegara el verano.
Pero el problema, cuando une le pone muchas expectativas a algo, y cuando ese algo ya ha demostrado ser muy bueno, es que la vara queda siempre un poco más alta y que, el no cumplimiento de lo que se espera, desemboca en decepción.
Así fue que ese próximo verano llegó y no volvimos a la isla. Sin embargo sí fuimos a Gessel, como lo hicimos durante años, pero eventualmente, una temporada mis viejes se hartaron de esa rutina -con toda razón y derecho- y decidieron que íbamos a cambiar de destino vacacional. Y hablando de cambios, yo ya me estaba adentrando en la adolescencia -cosa que viví de manera traumática, full negación- y entendí que esos veranos que había planeado en mi mente y plasmado en mi agenda, ya no iban a ser posibles. Porque por más que volvieramos a los mismos lugares, ni las circunstancias, ni yo, ni todes les demás íbamos a ser les mismes.
Ya sé, son issues de niñe bien de clase media, pero estas pequeñas frustraciones de darme cuenta de que mi época favorita no iba a volver a alcanzar los picos más altos de felicidad que me supo generar años atrás, fundaron los cimientos de una sutil tristeza subyacente que me acompaña hasta el día de hoy, de que las cosas inevitablemente cambian, que lo bueno es efímero, que la felicidad es un momento y como tal, se termina, y que no importa cuánto planifiquemos, la concreción de nuestros deseos no siempre depende de nosotres.
Después vinieron los veranos de la adolescencia. De ahí en más, a la inamovible expectativa -casi obsesiva y subconsciente- de que el verano debía ser genial, cuasi eterno e inolvidable, se le acoplaron los estándares de Cris Morena y de revista teen de moda de que debía ser hermoso y perfecto. Es decir, no sólo debía alcanzar mi propia vara de felicidad, sino que ahora también debía incorporar los estereotipos de cuerpo hegemónico, de amistades cómplices con quienes crear anécdotas memorables y del amor de verano, fresco y digno de recordar.
Obviamente, muy a pesar de mi exigencia e idealización, no alcancé nada de todo eso.
La adultez trajo consigo otra serie de complejos y desaveniencias (emocionales, mentales y también materiales). Y acá estoy, a mis 32 años, ya pasados los medidados de Enero, tirade en mi colchón sin sábanas y descargando toda esta catarsis con tintes de revelación:
POR-QUÉ-ME-PESA-TANTO-TODO???!! Porque además está la culpa de no poder disfrutar, sin siquiera tener motivos para estar tan triste. Y que cuando no estoy triste, estoy de mal humor y enojade; y que cuando no estoy así, estoy aterrade, con pánico de morirme o que alguien se muera o que cualquier tipo de cosa que pueda salir mal, salga peor que mal y desemboque en los peores escenarios posibles.
Me abstraigo. Me disocio...
Basta. No sé cómo, pero BASTA.
Quiero ser feliz. Aunque me cueste aceptar que es un estado efímero, no permitirme disfrutarlo por la angustia de que se vaya a terminar es casi un crimen. Aunque me lleve constante trabajo aceptar que jamás va a estar todo perfecto, que siempre algo nos va a molestar, perturbar o doler, eso no puede ocupar todo nuestro espacio ni toda nuestra energía. Y aun a pesar de las inevitables comparativas, sé que voy a descubrir que hay muchas otras formas de alcanzar la felicidad, que ponerles rango es un poco ingrato y pretencioso, y que ninguna felicidad se va a parecer a la otra... mucho menos, a la de los veranos de mi infancia.
lunes, 9 de agosto de 2021
Mi año de cangrejo
"Yo te recomiendo que por ahora vuelvas a lo de tus viejos y te instales ahí una base para reestructurarte y formarte" Y qué bueno que te hice caso, insospechado el año que se nos venía encima... Después de mi año de catástrofe personal, volver a lo de mis viejos, a mi cuarto, con mi cobacha de techo de madera y mi gata, era lo que necesitaba para sanar y recuperar fuerzas para afrontar la adultez inminente que, por más que inútilmente lo intentara evitar, ya me había llegado hace rato. Mi año cangrejo, de volver hacia atrás unos pasos y meterme hacia adentro, era lo que necesitaba para llegar a ser cabra de montaña, y saltar hacia arriba, por los terrenos más empinados.
El peor año para todo el mundo, mi año cangrejo, me acobijó de una manera que me avergüenza admitir, por vergüenza de le niñe mimade que desde hace varias vidas supe ser. Estaba en casa y todes estaban ahí, a una pantalla de distancia, en el resguardo de mi piyama y el calor de una taza de té. No, nadie la pasó bien, para mí tampoco fue una fiesta. Pero lo veo a la distancia y ahora sé, que ese año fue un instante de esos que intentaba inmortalizar en mis dibujos de pequeñe, de esos que ilustrarían mis deseos de cumpleaños y que, me imagino, el cielo estaría hecho de. Un regalo antes de crecer (como si crecer fuera una decisión, o un acontecimiento de un momento al otro).
En cada despertar viendo las vetas de la madera, bajar de mi cama, ponerme mi bata rosa, prender la computadora, me preguntaba cuánto más duraría, me recordaba saborear esas mañanas. Y siento que fue sólo parpadear, y ya no más... Me dan ansiedad las canciones que nos recuerdan que todo cambia o que todo se termina, porque ya lo sabemos y, en mi caso, si escucho música es para olvidar. Es como cuando le ponen sabor rico a un jarabe horrible, dejalo así! Ya sé como son las cosas.. no me gustan.. hace 30 años que intento no pensar, o "por el contrario", que juego a la terapia de shock y me siento ama de llaves de mi Casa 8. Ya sé que no hay tiempo para prepararse para el paso del tiempo, y aún así se me ha tenido condescendencia. Ya sé que hay que disfrutar al máximo, porque nada es eterno (canciones del orto!) pero me da ansiedad.. hago lo que puedo, e incluso me obligo a más..
Ya partí de mi base canceriana, profe, me reestructuré (aunque con Plutón y Urano, no hay estructura que dure demasiado tiempo..). Despierto viendo un techo blanco, aún desconocido, bajo de mi cama -que ahora está en otro lugar-, me pongo mi bata gris y lejos han quedado esas mañanas de WhatsApps de "Liluu arriba!!" y correr a prender la compu.. e intento no preguntarme cuánto más nada. Sólo trato de aguantar con los ojos abiertos, lo más posible, en cada momento, pero bueno... hay que parpadear. Aunque de miedo la oscuridad, de mis propios ojos cerrados por la noche. Aunque a veces entre en pánico por haber llegado hasta donde estoy hoy. Volví a dormir con la luz prendida pero ahora sé saltar cuando hay que hacerlo, lejos, casi sin pensar. Y entiendo que se puede seguir siendo un poco cangrejo aunque la vida te empuje a ser cabra para crecer, porque "hay que hacerlo" (todavía estoy enojade por esa obligación universal, pero ya no pataleo como un bebé.. al menos ya no tanto).
En fin.. si mi año cangrejo es uno de mis dibujos de familia de cuando era chiquite, estás en él. Gracias por enseñarme de responsabilidad, mientras a la vez me llamabas niña. Siempre duele crecer y no quiero hacerlo (hace cuántas vidas lo vendré postergando?), pero si tengo un mapa que me dice que es por ahí, confío, sobretodo porque me lo diste vos. Voy hacia el Norte y sigo camino. Ojalá sepas, profe, lo importante que fuiste en este viaje, espero cruzarte en el próximo, como cada clase me esperabas vos.
sábado, 9 de noviembre de 2019
martes, 8 de enero de 2019
jueves, 24 de marzo de 2016
miércoles, 16 de diciembre de 2015
sábado, 21 de febrero de 2015
Y que a nadie le moleste, cada quien tiene su propia película en la cual ser protagonista. APROVÉCHENLO! ☺
jueves, 5 de febrero de 2015
Suelo odiar mucho a la gente, pero cuando la amo, la amo de verdad. No voy a dedicar ninguna linea a intentar explicar qué es el amor esta vez. Simplemente voy a decir que amo sentir que los tengo, aunque se bien que no se trata de objetos que uno pueda poseer, siento que los tengo desde lo espiritual. Puedo decir que encontré en ellos lo mejor de las joyas del mundo, tan diferentes entre sí, y tan hermosas. Y tenerlos significa poder apreciarlos, a su vez, sabiendo que son materia y energía distinta de mi, pero existen, y están allí permitiéndome disfrutar de la simpleza y majestuosidad de su presencia.
Al mismo tiempo, quererlos en mi vida me convierte en una especie de tasadora, y lamento si la comparación de la que me estoy sirviendo se vuelve cada vez más desagradable, pero permitanme sugerir que desliguen estas palabras de lo relacionado al mundo material... y comprendan, que valuar estas joyas, significa medirlos en valores mucho más altos que los superficiales, mucho más puros y reales. Y así, elegirlos a ellos y no a otros, me enorgullece de mi buen gusto y mi capacidad de rodearme de estas joyas exóticas, aveces devaluadas, de enorme valor.
Olvídense del significado terrenal de las palabras, imagínense que refieren a otro mundo que no vemos, sino que sentimos. Tener es distinto a retener. Tener, es tener en mi campo sensorial. Tener, es tener en mi campo espiritual. Tener a mi alcance. Tener a mi lado. Y esta forma de "tener", escapa al concepto conocido. Porque ese alguien que uno "tiene" puede irse, pero desde el alma, va a seguir estando. Lo vamos a seguir teniendo al alcance de nuestra conexión emocional.
Yo siento que los tengo porque están en el mismo sitio que yo, y no los ignoro. Yo siento que los tengo porque allí están, y disfruto de su existencia. Yo siento que los tengo porque valen, y quiero cuidarlos, para que no se extingan. Yo siento que los tengo, desde el momento que ellos, también me tienen a mi.
